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“No tengo tiempo para pensar”. “Con esta frase empiezan muchos de los problemas de nuestro tiempo.

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27 Marzo 20,30 La Hora del Planeta

lunes, 16 de noviembre de 2009

Palden Lhamo [Galería Celestial]




La mente despierta no reprime las imágenes de la oscuridad sino que las convierte en conscientes con gran lucidez. Palden Lhamo “la diosa gloriosa”, atraviesa a lomos de una mula un mar de sangre en un universo sumido en una flagrante oscuridad. Hasta que nos enfrentemos a estas energías, el estado del tantra, la liberación sólo es un sueño lejano.

Palden Lhamo es la forma tibetana de la antigua diosa india Shridevi quien en su avatar del Himalaya, se convirtió en una protectora de la fe budista y del linaje de los Dalai Lamas. Formas coléricas irrumpen en la consciencia rodeando la figura central.
Estas emanaciones son las moradoras de un mundo de alucinación que reprimimos a riesgo de vivir existencias parciales. Con todo, la fiera expresión de la diosa, adornada con una diadema de calaveras, no debe inspirar temor. Su energía desafía nuestra complacencia y nos impulsa rumbo a la evolución espiritual. Su fiereza nos recuerda los poderes en ebullición tras las apariencias, mientras que su furia destructiva va dirigida contra todo aquello que limita la consciencia y que de otra forma suprimiríamos o rechazaríamos.

Palden Lhamo se inspira en la iconografía de la diosa india Kali, señora de los osarios, y es tanto la sombra como la culminación de nuestra psique más profunda. Hasta que no le demos entrada en la conciencia, nunca seremos libres.

En medio de esta profunda tiniebla, en la parte superior de la pintura, hay un Buda, sereno, inmóvil, impertérrito, una conciencia luminosa que abarca cualquier trastorno y lo convierte en energía y luz. Cuando observamos el caos de nuestras vidas con compasión y perplejidad, vivimos una alquimia parecida. En la naturaleza del arte budista, Rama P. Coomaraswamy escribió: “no caben distinciones entre arte y contemplación. Antes que nada, el artista debe apartarse de los niveles humanos de apercepción para adoptar escalas celestiales; en esta fase, en un estado de unificación y habiendo dejado a un lado todo lo externo a uno mismo, ve y comprende, es decir, se convierte en lo que representará después [...]”

¡Alabada sea la colérica madre que aplasta a los enemigos de la complacencia y el autoengaño!



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